El fin de la fe.

Lo cierto es que nunca jamás pensé que llegaría a cansarme y desilusionarme tanto con la política. Es duro que diga ésto pese a no haber contado siquiera medio siglo, y tal vez pueda parecer un titular derrotista de alguien poco paciente… Pero no es el caso.

Con la educación que he recibido, basada charlitas aleccionadoras, historias para no dormir y una amplia ristra de libros, artículos, canciones y demás material a mi disposición, buscado y/u ofrecido, me puedo identificar hoy por hoy como una persona de izquierdas. Muy de izquierdas al parecer. Que hay quien confunde con excesiva bondad o poca idea de “cómo va el mundo en realidad”… Parece que he tenido una tremenda suerte al haber conocido a tantas personas tan brillantes que lo saben todo, tan sólo habiendo vivido una vez, y sin cerrar su capítulo.

Soy de izquierdas y además recalcitrante y pesao. Tanto que incluso me he llegado a mojar, en donde he podido, en pos de la defensa de estos principios tan idealistas y hermosos a su manera. Cosa que me ha dado muchas alegría y muchas decepciones, pero que sin duda ha ayudado a templarme un poco más el carácter y darme más experiencia y más idea de “cómo van las cosas en realidad”

Y quiero decir que estoy firmemente hasta los huevos de la izquierda. De nuestra izquierda, la que vivimos, la que nos ha tocado. No, la que hacemos. La que nos merecemos y la que permitimos.

Siempre he encontrado estimulantes las charlas sobre política, sobre actualidad, sobre las realidades latentes en el momento que vivo. Pero últimamente, esas realidades latentes que digo, son depresivas a más no poder per se, pero es que miro en busca de respuestas, opciones y sólo veo lamentaciones y estupideces por doquier, con pequeñas salvedades. Pero lo peor no es eso, no, lo peor es que según en qué ambiente esté, veo actitudes peores que la mía (que dicho sea de paso, no me enorgullece mucho).

En mi casa ya sólo queda el grito aleccionador e inequívoco (porque la palabra de Dios no puede errar). Que ya cansa por insistente, molesta por lo ruidoso y sorprende por su sorpresa.
Entre los amigos sólo veo adalides de la velocidad y el orden social, de una y otra tendencia, que deben de ser mentes preclaras; porque tienen la capacidad innata de arreglar TODO, y cuando digo TODO, quiero decir TOOODOOO. Es decir, lo mismo te arreglan una campaña electoral, que proponen leyes infalibles, medidas sociales que son absolutamente necesarias (sin medir su alcance, claro)… que igual capaces son de irse al hospital Carlos III y capaces son de currar el ébola, quién sabe…
Y en los medios tan sólo veo un circo lastimero y penoso donde los desinformado pujan por desinformar. Los periolistos buscan el titular, los políticos tratan de respirar y Cristiano Ronaldo trata de marcar.

Pero supongo que entre todo el conjunto de ridiculeces, el ámbito político es el circo más tremendo y dicharachero, porque todos los días te ofrece nuevas funciones… y gratuitas, no como el plus con el barça-madrid (Siempre nos quedará el betis).

El pepé está pletórico… en el tema de la independencia, que casi podría decir que es el único tema con el que estoy medio de acuerdo…y ya digo, medio… Lo usan como bandera juntos con la tímida y ladina recuperación económica que juega con números artificiosos y verdades a medias como el empleo, que crece en número (insisto, tímidamente) y decrece en duración. (Ahí ya no tan tímidamente)
Pero es que lo que más me gusta de esta gente es que al menos son coherentes… sí sí, lo que leen, son muy coherentes, porque llevan haciendo todo lo que se sabía que iban a hacer desde el minuto uno. Y aún así, hay gente que se creyó lo del programa electoral… como los que se creen que el discurso de Juan Carlos era en directo, no te jode… El caso es que han hecho lo que venían a hacer, lo que llevaban queriendo hacer años; sus recortes, romper acuerdos y convenios por la cara, leyes que permitieran mayor “dinamismo” (o sease, capacidad de despedir), volver a controlar los medios de comunicación… yo que sé, su rollo… Si es que no han cambiado tanto en ocho años. Habrán cambiado el bigote por la barba, pero siguen siendo los mismos.

¿Y el psoe? ¿Qué decir de nuestro querido y tierno psoe? Hay una expresión que me encanta que dice “Cuesta abajo, de culo y sin frenos” Pues eso mismo, en casi todas las comunidades y en especial en el eje central del partido, a velocidad vertiginosa, nos dirigimos a destruir toda la credibilidad y el aparato creado con más o menos tino, durante décadas por grandes políticos en pos de perseguir fantasmas. Con fútiles intentos de renovación, con tal de poner una cara bonita, pusieron a un guaperas con parla, pero sin cerebro. Y es que el moreno tiene una lengua tan rápida como contradictoria. Y en serio, no es ya que se contradiga, que todos nos podemos liar (como el del casco de moto del chiste), no, no, no… este joven y audaz político confunde la transparencia y el acercamiento con llamar por teléfono a Sálvame, por entrar en el juego de un cretino. Y lo que es peor, acusa de populismo (no falto de razón, eso sí) a determinadas personas y agrupaciones, pecando de los mismos problemas y con la titularitis rampante de no saber a qué agarrarse… Ojalá Patxi López le echara huevos…

En el sur tampoco estamos tan mal con Susana… Me parece una mujer sensata y fuerte. Aunque me da cierta tirria el papel de mesías que le colgaron al principio y el papel de salvadora que tiene ahora, cuando se está limitando a denunciar obviedades y no en buscar una posición de unión y fuerte a nivel andaluz que es lo que necesitamos… pero bueno, comparado con el tontaina que le han plantado en frente, que para ser tan chulo le falta mucho tipo, es de lo mejorcito que tenemos.

Izquierda Unida… debería llamarse Izquierda Convenida. Me pregunto cómo serán esas reuniones nacionales, congresos o como quieran llamarlos… los catalanes separatistas, los castellanos moderados conservadores, los andaluces zurdos, los navarros apoyando aberchales… yo que sé, serán como las comidas familiares de una gran familia sin cabeza de familia.

Y Podemos, de los que no se puede dejar de hablar, sobre los que todos opinan, algunos adoran, otros critican pero todos temen. Una fuerza latente, tensa, que se empieza a disponer sobre el terreno, preparando un salto que no llega por muchos motivos, entre otros, el miedo al propio salto. Una fuerza desbocada, basada en la imagen de un hombre, que no sabremos si bastará para controlar algo que se define como incontrolable y libre. ¿Populista?¿Libertador?¿Sudamericano?¿Organizador?¿Democrático?… Puede que de todo un poco, que es más bien como si fuera nada. Una amalgama tan amplia como desorganizada, buscando un orden en el caos del orden social no establecido, más parecido a una reunión del 15M estamentada, que busca su sitio en el mercado de la carne. Con buenas ideas, menos compromisos preestablecidos, pero con los mismos trepas y listos. Qué asco.

Qué asco, qué pocas ganas y qué dolor.

Muchas de las ideas más potentes en que se basan la Libertad, el Derecho, la Justicia y la Igualdad, entre otros principios básicos para la existencia real de una Democracia, pasan por un punto en común contradictorio y tenaz; la Fe.

La Fe en el ser humano, la Fe en la sociedad, la Fe en la política, la Fe en el político. La Fe en que algo mejor es posible, en que juntos podremos encontrar la solución para todos. En que algún día, podremos ser felices.

Yo hoy no tengo esa Fe, hoy no quiero leer más periódicos, hoy no quiero gastar más saliva ni tiempo, ni dolores de cabeza, ni lamentos. Hoy paso, hoy me abro.

Mañana, ya veremos.

Una noche más. Unas risas y un poquito de divagar.

Antes estaba bicheando algunos blog de periodismo y política por los que deambulo de vez en cuando para ver quién dice la mayor barbaridad,cuando me he topado con este artículo de mi adorado Reverte.

La verdad es que en estos tiempos que corren nos quedamos sin saliva casi porque el pepé, se gana tantos elogios y comentarios, que, redios, ya
ni quedan tiempo o ganas de mirar al maltrecho rosal.
Pero, sin acritud, juro que con más humor y hasta cariño (del que se le tiene a un perrito tonto de remate), dejo aquí este artículo de otros tiempos mejores, cuando nuestros cabreos venían por la exageración en entrega de privilegios, derechos y consideraciones que, en ocasiones, rallaban lo ridículo.
”Hoy me he levantado con talante. Como después de haber publicado El pequeño hoplita –un cuento sobre un niño en las Termópilas, que tanto debe a su magnífico ilustrador, Fernando Vicente– le tomé el gusto a la narrativa infantil, he decidido echar un cable. Ayudar a que nuestra ministra de Igualdad y Paridad, Bibiana Aído, rubia joya de la corona, haga realidad su bonito proyecto de conseguir que los cuentos tradicionales para pequeños cabroncetes sean desterrados de escuelas y hogares, y dejen de ser un reducto machista, sexista y antifeminista. O que, expurgados y reconvertidos a lo social y políticamente correcto, contribuyan, ellos también, a la formación de futuras generaciones de ciudadanos y ciudadanas ejemplares y ejemplaras. Como está mandado.

Al principio pensaba hacerlo con el cuento de Blancanieves y las siete personas de crecimiento inadecuado; que, como sostiene Bibiana, requiere, título aparte, una remodelación general urgente. Pero ciertos indicios de intolerable violencia machista en la casita del bosque, como que sea una mujer quien cargue con todas las labores del hogar, o que no haya paridad de sexos en el número de individuos que trabajan en la mina –su número impar complica además el asunto–, me decidieron a dejarlo para más adelante.

Lo intenté luego con La soldadita de plomo y ploma; y no es por echarme flores, pero lo tenía casi resuelto. Una soldadita de plomo de la ULFF –Unidad Legionaria Femenina Feroz–, terror de los talibanes afganos y de los piratas del Índico, impedida en su extremidad locomotriz por haber caído poco metal en el molde cuando la fundían. O sea, incompleta física de una pierna, para entendernos. O no. Lo que antes se decía, en jerga fascista, coja. Y que, desde su repisa en el cuarto de juegos de una niña, se enamora de un bailarín de ballet de papel maché que está enfrente, puesto tal que así, de puntillas, y que tiene una bonita lentejuela de plata en el prepucio. 
 
Se lo leí a mi hija por teléfono, a ver qué tal iba la cosa; pero al llegar a lo de la lentejuela me aconsejó dejarlo. Te van a malinterpretar, dijo. Así que al final me decidí por un clásico inobjetable: Caperucita Roja. Y está feo que lo diga, pero la verdad es que lo he bordado. Creo.

Caperucita Roja camina por el bosque, como suele. Va muy contenta, dando saltitos con su cesta al brazo, porque, gracias a que está en paro y es mujer, emigrante rumana sin papeles, magrebí pero tirando a afroamericana de color, musulmana con hiyab, lesbiana y madre soltera, acaban de concederle plaza en un colegio a su hijo. Va a casa de su abuelita, que vive sola desde que su marido, el abuelito, le dio una colleja a Caperucita porque no se bebía el colacao, ésta lo denunció por maltrato infantil, y la Guardia Civil se llevó al viejo al penal de El Puerto de Santa María, donde en espera de juicio paga su culpa sodomizado en las duchas, un día sí y otro no, por robustos albanokosovares. Que también tienen sus necesidades y sus derechos, córcholis. 

 
El caso es que Caperucita va por el bosque, como digo, y en éstas aparece el lobo: hirsuto, sobrado, chulo, con una sonrisa machista que le descubre los colmillos superiores. Facha que te rilas: peinado hacia atrás con fijador reluciente y una pegatina de la bandera franquista, la de la gallina, en la correa del reloj. Y le pregunta: «¿Dónde vas, Caperucita?». A lo que ella responde, muy desenvuelta: «Donde me sale del mapa del clítoris», y sigue su camino, impasible. «Vaya corte», comenta el lobo, boquiabierto.
Luego decide vengarse y corre a la casa de la abuelita, donde ejerce sobre la anciana una intolerable violencia doméstica de género y génera. O sea, que se la zampa, o deglute. Y encima se fuma un pitillo. El fascista. 
Cuando llega Caperucita se lo encuentra metido en la cama, con la cofia puesta. «Que sistema dental tan desproporcionado tienes, yaya», le dice. «Qué apéndice nasal tan fuera de lo común.» Etcétera Entonces el lobo le da las suyas y las de un bombero: la deglute también, y se echa a dormir la siesta.
 
Llegan en ésas un cazador y una cazadora, y cuando el cazador va a pegarle al lobo un plomazo de postas del doce, la cazadora contiene a su compañero. «No irás a ejercer la violencia –dice– contra un animal de la biosfera azul. Y además, con plomo contaminante y antiecológico. Es mejor afearle su conducta.» Se la afean, incluido lo de fumar. Malandrín, etcétera. Entonces el lobo, conmovido, ve la luz, se abre la cremallera que, como es sabido, todos los lobos llevan en la tripa, y libera a Caperucita y a su provecta. Todos ríen y se abrazan, felices. Incluido el lobo, que deja el tabaco, se hace antitaurino y funda la oenegé Lobos y Lobas sin Fronteras, subvencionada por el Instituto de la Mujer.
 
 Fin.
Es curioso lo que hace el tiempo y tanto sádicohijoputacabrónladróninnoblementiroso suelto. Pero lo cierto es que creo firmemente, que aunque la gente ahora está jodida, porque en realidad lo estamos, observo una carencia absoluta de memoria histórica (de los últimos 8 años, por cierto). Pero mucho compromiso con las historias que sí han quedado atrás en el tiempo y ni siquiera cerca. Veo a gente más solidarizada con la historia de otros países que con el nuestro propio. Veo que esta nueva “casta” que emerge como pueblo concienciado ni tiene ni puta conciencia sobre lo que debe estar concienciado.
Veo chavales ultrasupermega preocupados por los recortes, las injusticias sociales, los desahucios y las tremendas desigualdades sociales que, tronco, están generando estos cabrones que no hacen más que robar. Es que son todos unos hijos de puta, a la hoguera!
Y se quedan tan panchos.
Pero veo también que esos mismos libertadores de la sociedad no se han leído el programa del partido político al que votan. Veo que la ilusión de los más motivados con este renacer de nuevas oportunidades es precisamente medrar en las mismas, teniendo mucho de qué opinar sin tener nada que decir.
Veo que están dispuestos a criticar mil y una maneras de hacer políticas, sin ofrecer una alternativas serias y sólidas, ni siquiera a comprender en qué consisten exactamente las alternativas que proponen las mismas personas a las que admiran. Que no digo yo que no haya que criticar algo que es dolorosamente evidente que, no ya se está haciendo mal, se está haciendo a mala leche. Aunque también es cierto, que es lo que os merecéis. Sí, sí, vosotros que hace 4 años ibais de progres por la senda del “Yo no voto tío”, “Es que no hay ningún partido que represente realmente mis ideales anarcosocialsindicalistas”, o la mejor “A mi es que no me importa una mierda la política”. 
Tristemente a la política sí le importáis vosotros. Porque vosotros sois los que la hacéis posibles sin saberlo. Para bien y para mal. Es el privilegio con doble filo que ostenta esta sociedad enamorada de sí misma y embrutecida por un onanismo imparable, donde el orgullo por lo que tenemos y la carencia absoluta de ambiciones reales, no ha sabido llevar con dignidad. ¿ Por qué ? Para eso necesitaría otro post entero y no tengo ganas de irme tanto por las ramas.
No es que yo tampoco vaya a arreglar el problema a base de filosofía de mesacamilla, al más puro estilo de Descartes. Pero sí diré algo que para mí, se ha convertido en el eje del que provienen todos los problemas de nuestra sociedad en mayor o menos medida. No tenemos una buena educación.
Y no me refiero a nivel cultural, o grado de dificultad en materias, o qué sé yo… Me refiero a que la educación en sí, veo que no está bien planteada, el propio método pedagógico (quién me ha visto y quién me ve, hablando de estas cosas…).
Tenemos una educación basada en la repetición de conceptos hasta el memoricidio. Pero no se estimula ni el pensamiento crítico (porque opinar en un comentario de texto puede llevarte a muy mal puerto en según qué circunstancias), no se pide la autocrítica (más allá del confesionario en los colegios religiosos. En serio, dejad de rezar padres nuestros por haceros pajas. Y plantearos más en serio qué mierda queréis hacer con vuestra vida, qué habéis conseguido y qué os ha faltado, por poner un ejemplo.). No se pide el pensamiento lógico. Y no, las matemáticas, por mucho que digan que sí, no enseñan lógica como tal. Se puede demostrar que 1+1 es distinto de 2. MON DIEU!!!
En fin, es tarde y no voy a cambiarle la vida a nadie hoy. Pero tenía ganas de reírme conmigo mismo y con Reverte. Ojalá pudiera irme de copas con ese hombre, en serio.

El consumo de la moralidad

 

Hace poco que vengo teniendo, de vez en cuando, conversaciones con distintas personas sobre la producción industrial de los alimentos, concretamente de animales, en esas famosas y denigrantes granjas con modelo más de fábrica que de lugar de cría de seres vivos, que empiezan a calar poco a poco, como un goteo lento pero incesante, sobre la gente, que en algunos casos incluso reacciona a niveles personales de consumo eligiendo no consumir productos de determinadas marcas o incluso pasarse al vegetarismo o similares… Que está muy bonito sin duda.

Un buen ejemplo de los argumentos de estas personas, podrían resumirse en este vídeo, que es muy interesante y ameno, ya que muestra que este proceso de producción industrial no es algo aislado, si no que está integrado dentro de un complejo y elaborado sistema que abarca desde la misma producción, la publicidad y la educación de las personas que los consumen;

El vídeo es fantástico, sin duda y da que pensar… Pero lo cierto es que hoy me gustaría hacer un poco de abogado del diablo (para variar) y enunciar una idea que parece no estar dentro de la mente de las personas que se quejan de este sistema, por aberrante que sea. Ya que en mi opinión adolecen del mismo problema que tienen casi todos los revolucionarios sin revolución: Se quejan mucho y con muchísima razón, pero no ofrecen ninguna solución a cambio.

Es decir, llegan y exponen una serie de argumentos correctísimos dentro de la moral, la ética y joder, el sentido común y hasta digamos la compasión natural a un ser vivo, pero eso sí, no hay ninguna solución ni alternativa. O más bien, la alternativa parece intuirse en “dejar de hacer eso”. Que sería lo ideal.

El problema es que ésta señorita me brinda sin saberlo un argumento devastador contra ella misma, que no es otro que el cómo se hubo de modificar los métodos de producción debidos a la crisis alimenticia, cuando las personas tuvieron que aprender por necesidad esa forma de aumentar la producción en detrimento de las condiciones de los animales.

Pues bien señoras, señores y niños, vamos a hacer un poco de ejercicio mental e incluso algunas cuentas, por si alguien desea buscar un papelito donde apuntar… ¿comenzamos?

Como bien dice la señorita estos métodos de producción permitieron producir suficiente alimento, o al menos, mucho más, para abastecer a la población tras la segunda guerra mundial. Pero resultó que cuando la situación se regularizó, estos niveles de producción seguían siendo geniales para tener unos niveles de beneficios lo suficientemente buenos para seguir creciendo económicamente, de forma que cuando la necesidad principal de alimentación quedó satisfecha, aún quedó el deseo de ganar dinero. Y es que os recuerdo que la moralidad, la ética y los principios en general se ven un poco desplazados cuando recordamos que seguimos estando en una sociedad globalmente capitalista y que el dinero termina siendo razón suficiente para casi todo.

De forma que hemos llegado a nuestros días con industrias alimenticias, que producen cantidades tremebundas de alimento que ojo, siguen siendo consumidos en su totalidad por las personas. Es decir, el nivel de consumo no ha bajado, sólo ha hecho crecer. Porque de otra forma, no serían necesarias estas industrias.

Con lo cual, aquí, sin proponérnoslo siquiera, llegamos a un interesante pensamiento: Si ahora prohibiéramos o restringiésemos este tipo de producción alimentaria, más pronto que tarde, nos encontraríamos en una situación de producción insuficiente para abastecer a las poblaciones o un crecimiento exponencial de los precios de los alimentos. Éso sin tener en cuenta que tendríais que darles un motivo cojonudo a los grandes capitales de las industrias alimenticias para dejar de producir de esta manera. Porque nadie que está hecho a ganar 20 pasa a ganar 5 voluntariamente. Pero si incluso se diera ésa situación porque se llegasen a prohibir esos métodos, llegaríamos necesariamente a situaciones de escasez alimentaria con toda seguridad. Más aún ahora, cuando los niveles de producción agrícola y ganadera están regulados por normativas internacionales.

También hay que decir que si ésto pasase, lo más probable es que los responsables de dichas industrias se fueran a Botswana y volvieran a empezar desde donde lo dejaron, pero con mejores servicios de exportación.

Llegamos entonces, a mi ver, a una situación un poco contradictoria, porque, con objetivo de no hacer sufrir a los animales, tendríamos nosotros mismos una serie de problemas en cadena considerables. Y en una discusión entre ellos o nosotros, normalmente siempre vamos a terminar mirando a nosotros mismos que para eso nos queremos tanto.

Sé que dicho así puede parecer un poco exagerado o dramático, pero la sociedad industrializada en la que vivimos ha concepcionado a los objetos y seres vivos como productos o consumidores con finalidades muy concretas. Somos un eslabón de una larga cadena de producción y consumo de la que muy difícilmente podremos salir. Y no pretendo, ni creo que parezca que defiendo o me gusta estar dentro de toda esta maquinaria tan bien engrasada…

Pero sí creo que, a día de hoy, es imposible por motivos económicos y de producción suplir de otra forma este tipo de producción extensiva ganadera. Y si realmente existe esta voluntad de cambio, toda la energía que se dedica a decirle a la gente que son unos cabrones consumistas (Que es totalmente cierto) , debería dirigirse a buscar la forma de generar cultivos inteligentes, sustitutivos alimenticios o medios alternativos reales que posibilitaran la cría sensible de animales de granja sin mermar la producción, o mejor dicho, el beneficio. Porque al final sólo se trata de eso.  Dinero.

El primero de Enero

El primero de enero, tararí, ha sido tan gris como un domingo cualquiera.

Pero esa sensación de lánguida serenidad, de pesada maquinaria que comienza a levantarse tras un profundo y ansiado reseteo, me ha sentado de fábula. Como si pusiera un punto y final a una larga lista de tareas por hacer, que ha sido entregada completa y a tiempo. Olé yo.

La verdad es que no suelo hacer grandes ejercicios de reflexión al finalizar el año. Lo intenté con ahínco y buena fe un tiempo, pero me di cuenta que es más agradecido y menos forzado mantener lo que sea necesario entre las rejas de la silenciosa sensatez y fuera lo que merezca la pena decir. Y ante eso sí que he cumplido.

Al menos este cierre de año ha sido menos tóxico que los últimos que he estado teniendo, que por X (y cuando digo X me refiero a uno concreto en cada caso) motivos, habían venido siendo un tanto agridulces. Pero eh, también me sirvieron para tener otras perspectivas de los finales de año. Porque de una forma u otra ponen un punto final, queriendo o no, a temporadas de nuestras vidas.

Pero hoy me siento generoso, y me dejaré aquí, como quien no quiere la cosa, algunas pinceladas para dentro de un tiempito, cuando tengas ganas y tiempo y me de por desempolvar estas páginas etéreas;

A grandes rasgos, este año ha sido un año de superación, de cojones y de carpetazos. Qué conclusión tan contundente, eh? Pues sí señores. Porque en mi caso, sólo cuando me ponen la navaja en la garganta termino dando todo lo que se supone que puedo dar… o lo que tengo que dar al menos. Y para eso, hacen falta cojones. Muchos cojones. Al menos dos, que son los que tengo.

Y es que la gente trabaja siempre lo mínimo posible. Menos pides, menos dan. Es ley de vida. Y yo no iba a ser una excepción, así que confirme la regla otro.

Somos tremendamente acomodaticios, y cuando llegamos a un estatus de relativo bienestar, parece que se diluyen en nuestra mente esa escueta lista de “deberes” y salen a flote esa apreciada liste de “derechos”. Porque todos tenemos derechos, oiga. Y de los derechos a los deseos, hay un paso. Supongo que por eso nos da por pedir en estas fechas. Somos caprichosos tela. Y lo somos porque podemos.

No es que vea mal los Reyes Magos, al contrario. Soy un absoluto fan de los tres pedófilos más famosos de occidente. De ésos adorables asaltadores de casas que dejan en la habitación de los niños sus regalitos… sí, al final todo puede verse fatal si uno se pone. Pero no, en serio, adoro los Reyes y la Navidad. Por muy petardo que sea con la religión y estos temas. Por muy profano que me sienta e insista que ésto no tiene que ver nada con el de la Cruzcampo, si no con una pagana costumbre relacionada con las cosechas y el equinoccio de invierno. Que sí, que todas cosas están muy bien, pero ver el caminito de caramelos y los regalos en el salón da un pellizco de emoción y un gustirrinín que pa mí se quedan. Y Amigo frotándose las manos clamando “excelente” también.

También están los deseos que soñamos, los que pedimos a escondidas, los que no confesamos. Los deseos que se piden más anhelantes incluso, un instante antes tras engullir, más que comer, la última uva. Con el primer brindis del año. Con la primera mirada, con el primer abrazo.

Esos deseos para los que los Reyes se nos quedaron cortos.

Hace mucho que me privo de ese tipo de deseos, aunque sea inevitable quedarnos embelesados con uno. Pero no duran ya mucho en mi cabeza. Será por mi carácter que he aprendido a buscarlos con ahínco o a descartarlos por los motivos que sea. Y es que cada vez soy más expeditivo con más cosas, incluido yo mismo. Ya no me aguanto.

Menos mal que parece que en mi casa sí me siguen aguantando. La verdad es que da gusto volver (sin la frente marchita), y encontrar a todos de nuevo. Ver a la familia, incluso cuando se está algo desconectado de ella.

El otro día leía en el blog de una iluminada por el espíritu navideño, una crítica no falta de razón, sobre personas que se sentaban alrededor de una mesa sin nada que decirse, cada año más viejos y conociéndose menos…

Visto así es un poco feo. Aunque no creo que todos tengamos esa relación tan especial con nuestras familias.

Yo creo que la intención y el cariño son lo que cuentan. Y aunque es cierto que no tenemos por qué querer a todos los miembros de nuestra familia con la misma fuerza ni tener si quiera una gran confianza con ellos. Diablos, para ser un tiempo de fraternidad y amor, olvidamos muy rápido el concepto de generosidad y amor. Es cierto que puede que no tenga una gran confianza, incluso gustos afines siquiera con primos, tíos o abuelos. Pero cojones, ¿Tan fácil es llegar al miserable punto de egoísmo de no hacer ni el intento de convivir unos cuantos días al año con ellos por nuestros padres o nuestros abuelos? ¿Tan detestables son ellos y tan magníficos somos nosotros?

Supongo que es más fácil quererse a sí mismo que a los demás, aunque sea por compromiso… ya os lo pagará el karma con suegros de los buenos, mamones. Y a esos sí los tendréis que aguantar queráis o no, si lo sabré yo…

En resumidas cuentas; Un necesario y feliz reseteo. Navidad, regalitos, familia y un poco de cinismo a las 4 de la mañana… cómo echaba de menos esta mierda.

Y para lo demás, Mastercard.

Favores de los buenos.

Favores de los buenos, de los raros, de los que te hacen preguntarte a ti mismo quién carajo eres delante del espejo.

Favores que sólo te pueden pedir a ti. Que cumples de buen grado, oye. 

Como volverse un poeta shekspiriano/capitalista y espontáneo.

Te dejo aquí, porque me vendrá bien recordarlo…

Moon’s watching me now, and comb my hair.
And I told her, heaven must to wait me.
O, with it golden shine’s point me there,
where I should lay, where I may take it.

I need to feed the animal in her.
O, for little price, I’ll get finally
the quiet in me, my wish of welfare.
Calm the hungry, calm ir suddenly.

O, My sweet red servant, my golden shine.
In this dark hour, where everything’s closed
I come here, praying for one last happy meal,

before Morpheus came to rescue soul mine.
I’ll pay by cash, I’ll pay also for those
whom bring me here, I’ll pay their bill.

Una más, ¿Por qué no?

 

Tócala otra vez Sam.

Ponme la última, anda…

Y de paso…

Y si…?

Por fi…

¿Y por qué no? Por la salud, el derecho, la responsabilidad, el tedio, el dolor, el sentido común, los años, su paso. Por el deber, las ideas, el amor, la esperanza, la mala cara.

Por todo eso, y por mucho más, reincidimos. Volvemos atrás y volvemos a caer. Inconscientes. Peor, conscientes.

Indignos, recelosos, hastiados, vengativos, soñadores, lascivos. No terminamos nunca de darle el punto final a muchas cosas que ya no tienen sitio en nuestros libros. Que agujerean con grapas herrumbrosas y quebradizas, de ésas que encontramos en una carpeta que no deberíamos abrir.

Pero eh, no están mal ponerse tierno y recaer. Nos recuerda que estamos vivos y seguimos teniendo licencia para cagarla, y oye, a mi me encanta. Sobretodo la sonrisa socarrona, del post-enfado con uno mismo de decir…”Si es que lo sabía, si es que soy gilipollas”

Esos momentos tan íntimos no se tienen todos los días… Espero por vuestro bien.

Pero oye, una más, ¿No?

A mi encanta cagarla. En el fondo, claro. Cuando me sucede, me doy con los picos de las mesas en la frente como todo buen hijo de vecino. Blasfemo, grito, río, lloro, salto y hasta he roto cosas a mi alcance, como es costumbre en ésta Santa Casa. Sobretodo lo de blasfemar, va mucho con nosotros.
Pero nadie dirá que no le ha venido bien joderla a lo grande alguna que otra vez, ¿eh?

Creo que cuando sea viejo, (Si es que llego) ocuparé mis plácidas tardes de primavera, a la sombra de un abedul, escribiendo mis memorias, y dentro de ellas, dedicaré varios capítulos a mis más ilustres cagadas. Puede que llegue a ser la parte más entretenida del libro. E incluso la única que valga la pena. Pero eso lo sabré después de muerto, claro. ¿A quien puede importar, después de muerto, que uno tenga sus vicios?

Nah, el problema es que la gente le da mucha importancia a estos pequeños contratiempos y no se paran a pensar lo valiosos que son. En resumidas cuentas, somos el producto de nuestros errores en gran medida. Bueno, y los de nuestros padres, claro.

Los éxitos están bien, en serio. Todo es suave, ligero, divertido, glorioso y hasta electrizante cuando todo va bien. Y es que la gente va muy bien para eso. La gente va muy bien para aplaudir al jefe, hacer estadísticas y hacer el amor. 
Pero como toda buena paja, se pasa rápido y no se queda en la retina (por vuestro bien, espero).

Pero seamos sinceros, son ellos los que nos han hecho pararnos, son ellos los que nos hacen reflexionar, mejorar y cambiar…bueno, cambiar, lo de mejorar es discutible. Pero sí, hacen que sigamos adelante más conscientes y con la mente más abierta, y eso es innegable. El error se castiga. El fracaso se condena. La equivocación se niega. Y mientras los mediocres se restriegan las manos, lascivos y babeantes, suspirando por nuevos miembros de su club, cada vez menos privado.

Disfrutad de los errores, joder. Aceptadlos como vuestros padres os aceptaron, malditos chovinistas. Aprender y reincidid, reincidid siempre que queráis, siempre que  podáis. Porque entonces, aún habrá algo que aprender o recordar. Porque una vida sin nada nuevo, sería una ruina.

Porque si estamos condenados a morir, que es el mayor fracaso que la vida. Qué menos que hacerlo con una sonrisa.

El Derecho y sus desvaríos

Vamos, que tampoco es novedad. Que ni siquiera sorprende el título, y acaso, hace gracia y con risa sesgada, cómplice y un asentimiento tenue y propio, reconocemos lo que llevamos viendo desde hace años. (Y no muchos, porque antes tampoco había…)

Lo que pasa es que hoy estoy perro. Tengo perdido el gusto a escribir, o al menos, el gusto a dedicar tiempo a este pequeño desvarío de por las noches, que es cuando más me gusta hacerlo. Como todo lo que merece la pena hacerse en esta vida.

Así que, sin mayor ceremonia, citaré un artículo de uno de mis maestros. De un tipo cansado y cínico de los míos. Un cabrón aguerrido que me hace sonreír con tristeza, pero con sorna. Que, junto a muchos otros, me ha hecho comprender que la ignorancia es la mayor de las felicidades. Y que, a fin de cuentas, lo más inteligente es hacer lo que nos haga felices, que para joder, siempre habrá una cola dispuesta y motivada.

Y por qué no? Un poco de Reverte esta noche…

“Imagino que tendrán ustedes curiosidad por saber qué ocurrió, al final, con aquella banda de carteristas bosnias a las que, tras una escandalosa reincidencia delictiva, hoy detenidas y mañana en la calle, un juez prohibió el acceso al Metro de Madrid. Quizá recuerden que el arriba firmante se guaseaba de la medida, preguntándose qué ocurriría cuando esas prójimas se pasaran la decisión judicial por la bisectriz del chichi. Pero no ha hecho falta. La decisión no llegó a tener efecto, porque la Audiencia Provincial de Madrid, especializada en aplicar la ley irreprochablemente, sin casarse con nadie y sin que le tiemble el pulso -algún día contaré una nauseabunda experiencia personal relacionada con ese digno lugar-, ha tumbado la anterior decisión judicial, sentenciando que la banda de carteristas, y supongo que cualquier otra agrupación cultural de características semejantes, puede acceder a las instalaciones del Metro cuando le salga. Y punto. El derecho de libre circulación y uso de servicios públicos prima sobre cualquier otra circunstancia, etcétera. Con lo que las bosnias podrán seguir cometiendo delitos y faltas de hurto con perfecta impunidad, exhibiendo incluso el texto de la Audiencia Provincial de Madrid ante sus víctimas y ante la policía -supongo que lo llevarán plastificado para más comodidad- a fin de dejar las cosas claras y el chocolate espeso.

Aunque lo que de verdad lo pone estupendo a uno, en la resolución, es un detalle delicioso: una de las causas por las que se tumba la anterior decisión de alejamiento del Metro es que ni en el atestado policial ni en el auto del juzgado de Instrucción n.º 47 de Madrid se identificaba a las personas a las que debía proteger dicha medida. Léanse el anterior párrafo otra vez, despacio. Y en efecto: eso, dicho en claro, significa que ni los policías que detuvieron 330 veces a las bosnias, con sus correspondientes 330 diligencias, ni el auto del juez que dictó la orden, detallaban los nombres y apellidos de todos los viajeros del Metro a los que se pretendía proteger con dicha medida. Por consiguiente, la cosa era excesiva y atropellaba los derechos de las desvalidas delincuentes, privándolas de un servicio de transporte «esencial», según la resolución. Que también ellas tienen sus derechos, oigan. Y sus corazoncitos.

Ahora imagine usted que va en el Metro, tecleando en su Aifon o como se escriba, o leyendo una novela -espero que mía-, y se le arrima una bosnia con permiso de residencia, quinientas detenciones en el currículum y la sentencia que acabamos de glosar en el bolsillo. Y le roba la cartera. Y usted la pilla in flagranti delicto, como decían Cicerón y los romanos ésos. Y la bosnia, o sus cómplices, le montan la pajarraca que suelen en tales casos, gritando y acusándolo de haberles querido meter mano, y demás parafernalia. Y usted, sabiendo que aunque llegue la pasma a socorrerlo, a las dos horas esas pavas estarán de nuevo en la calle y en el Metro ocupándose de otro pringao, y que siempre habrá una ecuánime Audiencia Provincial de Madrid dispuesta a garantizar que nadie atropelle los derechos de esas hijas de puta, imagine usted, le digo, que llevado por el natural impulso le calza una hostia a una bosnia… ¿Lo ha imaginado ya?… Bueno. Pues imagine ahora el marrón que va a comerse acto seguido, lo mismo en la Audiencia Provincial que fuera de ella: agresión a inmigrante, desprecio de sexo, violencia de género y posiblemente también de génera. Y como la cosa ocurre en el Metro, con agravante de subterraneidad y alevosía. Resultado: varios días de calabozo como que hay Dios, empapelamiento judicial para años, sentencias, costas de juicio, abogados, tasas judiciales, procuradores, multa, reparación de lesiones y daños morales, embargo de bienes, etcétera. Y dese con un canto en los dientes si le caen menos de dos años de talego. Con el detalle de que si su careto es conocido, como el de Carlos Herrera o el mío, sale abriendo telediarios. Fijo. Por misógino y por fascista.

Dura Lex, sed Lex, decían los clásicos. O sea, Duralex. Luego, tras considerar el enjambre de casos en que al ciudadano honrado lo crucifican y el delincuente sale impune, extráñense, por ejemplo, de que una señora que se encuentra al violador de su hija libre en la calle, tan campante, y éste se chotea preguntándole por la niña, compre una lata de gasolina y monte su propia falla casera, resolviéndolo ella misma. Y es que, como ya apuntó hace tiempo don Francisco de Quevedo -que nos conocía hasta por las tapas-, a menudo en España no hay más justicia que la que uno compra.”

Arturo Pérez Reverte.

Otra más para el saco.

La indolencia de lo cotidiano es algo que me sorprende siempre. Cuando conviertes una salvajada en algo diario, se normaliza e incluso lo ves lógico dentro del ámbito de turno.

Volviéndonos  meros peces de colores en una extraña pecera, que a veces ni siquiera podemos reconocer como nuestra. La gente, como dicen todos los que, viendo el problema desde arriba con ciertas perspectiva en bares y taxis; “Están amamonados”, “¡Se han vuelto unos borregos!” Me pregunto a quién quieren engañar, si a nosotros o a ellos mismos.

La gente siempre ha sido igual. Una masa de personas sin nombre y sin rostros que hacen cosas. Cosas buenas, cosas cómodas, cosas del día a día.

La gente va muy bien para hacer cosas de hecho. Ya lo decía cierto poeta. “La gente va muy bien para cualquier acto público. Para construir pirámides y hacer el amor. La gente va muy bien para decir que sí. Para decir Amén.”

Y podremos estar más o menos conformes con pertenecer a este colectivo tan variopinto que se mueve en unas y otras direcciones, tan predecibles como repetitivas, sin ton ni son. “Siguiendo al rebaño”… es curioso que digan eso, porque estoy seguro que, a groso modo, sucede como con los pequeños grupos de amigos que salen los fines de semana. Se juntan, se miran deseosos de que alguien proponga algo. Finalmente uno decide proponer una idea o moverse directamente para algún sitio. Entonces todos los siguen, a veces hasta sin preguntar (yo mismo he hecho la prueba muchas veces. Os animo a probar, es muy divertido). Hasta llegar a un supuesto lugar de destino que creará más o menos simpatías… ahí la gente se dividen entre quejicas que no proponen otra opción a una situación que les desagrada, conformistas que tan sólo quieren tomarse una cerveza tras la mierda de semana y, sorprendentemente, otro grupo que está encantado con la elección. Y en el 95% de las veces la gente se queda.

Pero vamos, al menos estos borregos del día a día son honestos y no tienen mayores pretensiones. Porque si los filósofos de barra y los conductores de utopías son geniales, no podemos dejar de observar a los “Elegidos”. Ese, cada vez más, nutrido grupo de pensadores, que con mucha dignidad y autoridad se elevan sobre los pelos del perro y nos miran con displicencia y desdén.

Y les tengo cariño porque son el grupo más tentador de todos los que hay. Gusta sentirse superior, es encandilador ese morbo onmisapiente y descarado, orgulloso y déspota. Como si fueran sabios ignorados. Tuertos en este mundo de ciegos. Qué falta hace un poco de Saramago.
Supongo que todos entramos y salimos a ratos o por temporadas en este grupo. O al menos, lo intentamos.

Todos podríamos citar cientos de frases lapidarias y maravillosas para sintetizar las respuestas a este colectivo y a otros tantos. Todos podríamos reflexionar con más o menos acierto sobre “lo que es necesario” o “lo que hay que hacer”.  Qué tajantes y “claritos” somos con los problemas de los demás, con los de todos. Con todos los que no sean propios.

Muy pocos se paran a hacer lo que hay que hacer, lo que es necesario en sus propias vidas. Tal vez si todos hiciéramos un poco éso, y menos de lo otro, llegásemos a un destino diferente. Ya no digo mejor o peor, pero seguro que distinto. Por probar que no quede, ¿no?

La sombra de una ilusión

“No es sino la sombra de una ilusión lo que amas. No puedo darte lo que anhelas”

Famosa frase de mi adorado Aragorn. Lo cierto es que ni recuerdo si esas fueron sus palabras exactas en el libro, y, conociendo a Tolkien, seguramente se montara una perorata improvisada sobre pajas mentales que no venían al caso. Sobre el Amor no sé si sacaría algo en claro, ahora del paisaje, el viento y el color de las piedras bajo la bota de Aragorn sí que te ibas a enterar, vive Dios.

La verdad es que no estoy nada de acuerdo con la frasecita que destrozó los nervios y el corazón de la orgullosa Eowin. ¿Sombra? No, no, no…vamos a ser realistas, es más, vamos a hacer suposiciones de las que no llevan a ninguna parte, vamos a arreglar este despropósito como si taxistas arreglando el Estado de Derecho fuéramos.

Así que una sombra, pedazo de mamón. No, en absoluto muy señor mío. Eowin amaba al capitán de los hombres. Al héroe del Abismo de Helm, al que había regalado Esperanza a un pueblo sumido en el miedo y la desdicha. Amaba a un hombre valiente, justo y noble. Amaba, en definitiva, a lo que el mismo susodicho proyectaba a los demás. ¿Era Aragorn muchas cosas más? Desde luego. Pero la clave está en la palabra de antes. “Proyectar”. 

Sí, es cierto que proyectamos imágenes sobre los demás de nosotros mismos, y es cierto que, con toda probabilidad, no representen más que una parte del total. Son nuestras sombras. ¿Qué poético, no?

Vale que Aragorn estaba pensando en elfas vestidas con sedas semitransparentes (Nadie nos hemos conseguido quitar esa imagen de la segunda película a día de hoy) y que, a punto de entrar en el bosque sombrío, tampoco nos vamos a poner a filosofar sobre ésto. Pero extendiéndolo a resto del mundo, me encanta cuando surge algo parecido y una de las dos partes,( no importa cuál, porque en ambos bandos existe este tipo de contradicción andante) se muestra sorprendida porque alguien se prenda por lo que da a conocer.

Claro que nos enamoramos de las sombras. Precisamente por eso, son sombras. Son el envoltorio de un regalo sin forma precisa, son un misterio seductor. Una ilusión fugaz.

No tenemos más remedio que enamorarnos de la sombra, pues es lo que vemos y nos gusta. Y nos estamos preguntando si tras ese envoltorio se encuentra nuestro deseado regalo de cumpleaños, o el jersey hecho a mano de nuestra abuela con parkinson. No tenemos más remedio que seguir esa sombra, no tenemos más cojones que ilusionarnos, aunque sea de una verdad a medias. Porque por mucho que se diga, las sombras son parte de nosotros, parte de nuestra verdad.

Podemos llegar a elegir qué mostramos a la gente de nuestro alrededor, podemos camuflarnos e incluso mentir sobre nosotros. Pero o tenéis dos mentes opuestas conviviendo en vuestra cabeza a ratos intermitentes, o toda mentira, toda ilusión que levantéis sobre vosotros tendrá, precisamente, algo sobre vosotros. Es imposible separarse de uno mismo, por mucho que nos gustase a algunos para poder darnos un respiro.

Así que, concluyendo un poco esta idea…Sí, nos enamoramos de una sombra, de la que nos muestran, pero eso no deja de ser más o menos cierto, porque al final la sombra y la persona, son la misma, vista con distintas luces. Y huelga decir que las luces las pone el objeto de deseo. Así que no seáis imbéciles.

¿Máscaras?¿Desconfianza?¿Mentiras?¿Ilusiones? He conocido muy muy muy muy pocos casos donde fueran justificables, mas allá de un trauma absurdo e infantil, que sin sostenerse, nos hace enrocarnos en una postura fatídica y victimista.

Sed sinceros y mentid cuando os apetezca, cuando merezca la pena o cuando lo necesitéis. No por miedos que os limiten por paranoias propias sin motivo ni razón.

Y luego yo soy el ingenuo.

Pues también, pero eso, otro día.

Un pequeño homenaje

Voy a dejar aquí, para poder releerlo mejor más adelante, un texto de cierto escritor al que llevo leyendo toda la vida. A veces, cuando empecé a leerlo, ni siquiera entendía la mayoría de las cosas que escribía porque era muy niño, pero eso ejercía en mí cierto estímulo de curiosidad a investigar y tratar de comprender qué era lo que tenía enfrente. 

Lo cierto es que podría decirse que la mayoría de cosas que he leído de él ha sido casi a hurtadillas, porque no es muy propenso a dejar sus cartas, al menos no donde todos puedan leerlas. Es un escritor selecto podríamos decir. Porque tiende más a escribir a alguien que por algo en particular.

En éste caso, traigo una pequeña excepción. Ésto no es una carta a alguien, no es un mensaje cifrado ni tiene dedicatoria. Es más bien un canto triste, una predicción sin gloria pero con mucha pena. Es la voz de su experiencia.

Esperemos que se equivoque en algo.

EL DIA QUE ACABO LA CRISIS


Un buen día del año 2014, la crisis habrá terminado oficialmente y se nos quedará cara de bobos agradecidos, nos reprocharán nuestra desconfianza, darán por buenas las políticas de ajuste y volverán a dar cuerda al carrusel de la economía. Por supuesto, la crisis ecológica, la crisis del reparto desigual, la crisis de la imposibilidad de crecimiento infinito permanecerá intacta pero esa amenaza nunca ha sido publicada ni difundida y los que de verdad dominan el mundo habrán puesto punto final a esta crisis estafa ?mitad realidad, mitad ficción?, cuyo origen es difícil de descifrar pero cuyos objetivos han sido claros y contundentes: hacernos retroceder 30 años en derechos y en salarios.


Un buen día del año 2014, cuando los salarios se hayan abaratado hasta límites tercermundistas; cuando el trabajo sea tan barato que deje de ser el factor determinante del producto; cuando hayan arrodillado a todas las profesiones para que sus saberes quepan en una nómina escuálida; cuando hayan amaestrado a la juventud en el arte de trabajar casi gratis; cuando dispongan de una reserva de millones de personas paradas dispuestas a ser polivalentes, desplazables y amoldables con tal de huir del infierno de la desesperación, entonces la crisis habrá terminado.


Un buen día del año 2014, cuando los alumnos se hacinen en las aulas y se haya conseguido expulsar del sistema educativo a un 30% de los estudiantes sin dejar rastro visible de la hazaña; cuando la salud se compre y no se ofrezca; cuando nuestro estado de salud se parezca al de nuestra cuenta bancaria; cuando nos cobren por cada servicio, por cada derecho, por cada prestación; cuando las pensiones sean tardías y rácanas, cuando nos convenzan de que necesitamos seguros privados para garantizar nuestras vidas, entonces se habrá acabado la crisis.


Un buen día del año 2014, cuando hayan conseguido una nivelación a la baja de toda la estructura social y todos ?excepto la cúpula puesta cuidadosamente a salvo en cada sector?, pisemos los charcos de la escasez o sintamos el aliento del miedo en nuestra espalda; cuando nos hayamos cansado de confrontarnos unos con otros y se hayan roto todos los puentes de la solidaridad, entonces nos anunciarán que la crisis ha terminado.


Nunca en tan poco tiempo se habrá conseguido tanto. Tan solo cinco años le han bastado para reducir a cenizas derechos que tardaron siglos en conquistarse y extenderse. Una devastación tan brutal del paisaje social solo se había conseguido en Europa a través de la guerra. Aunque, bien pensado, también en este caso ha sido el enemigo el que ha dictado las normas, la duración de los combates, la estrategia a seguir y las condiciones del armisticio.


Por eso, no solo me preocupa cuándo saldremos de la crisis, sino cómo saldremos de ella. Su gran triunfo será no sólo hacernos más pobres y desiguales, sino también más cobardes y resignados ya que sin estos últimos ingredientes el terreno que tan fácilmente han ganado entraría nuevamente en disputa.
De momento han dado marcha atrás al reloj de la historia y le han ganado 30 años a sus intereses. Ahora quedan los últimos retoques al nuevo marco social: un poco más de privatizaciones por aquí, un poco menos de gasto público por allá y voilà: su obra estará concluida. Cuando el calendario marque cualquier día del año 2014, pero nuestras vidas hayan retrocedido hasta finales de los años setenta, decretarán el fin de la crisis y escucharemos por la radio las últimas condiciones de nuestra rendición.

Adriano